Encerrado en su juguete, por Santiago Segurola

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N o ha terminado la temporada y el Barça se empeña en sus desgracias, esta vez producto del enésimo resbalón de su entrenador ante la prensa. Son las cosas de un club que mide mal las decisiones y los tiempos. En enero, Xavi rompió la pana y declaró públicamente que abandonaba el club, que al Barça le iría mejor sin él, que su trabajo era durísimo y que no había vuelta de hoja. En abril, dijo que seguía. Se sentía bien, estaba fuerte, tenía ilusión. Aquejado de un agudo ataque de realidad, en mayo ha hablado con desánimo de la abundancia del Real Madrid y con envidia de los viejos tiempos, cuando el Barça fichaba lo que quería y cuando quería, no como ahora, que recoge las migas del mercado, vino a decir Xavi.

Cada vez que Xavi se explica en una conferencia de prensa, Joan Laporta tira de trankimazin. El entrenador del Barça no ha entendido que su función escapa a doctorar al personal en el 4-3-3, el tercer hombre y los laterales invertidos. Eso murió hace tiempo. Es cosa vieja, de fútbol parroquial, de los días en que los jugadores hablaban por los codos y los presidentes disfrutaban como críos con los micrófonos. Esa época terminó cuando los clubs decidieron encastillarse y dominar la información desde lo alto de sus almenas.

Xavi sabe que entrena al equipo, pero no sabe que también entrena al club

Es época de un periodismo suplicante, a merced de los intereses de los clubs, blindados hasta las cejas con departamentos de comunicación, asesores y agentes comerciales. El entrenador es la única rendija abierta en el muro del control, el único personaje que se expone al frío exterior, que no es otro que someterse a la avidez de un periodismo desterrado del jugoso territorio que ocupaba.

Xavi sabe que entrena al equipo, pero no sabe que también entrena al club. No comprende la naturaleza de su cargo. Olvida que su oficio es multifuncional y que a los jugadores, a los directivos, al presidente, a los aficionados y los periodistas se les ejercita delante de los micrófonos, grabadoras y cámaras de televisión. Olvida lo más obvio de su trabajo y lo único que conoce con antelación desde el primer día de la temporada: antes y después de cada partido comparecerá ante la prensa para representar al club en todos los planos posibles, desde el deportivo hasta el político.

SANT JOAN DESPÍ (BARCELONA), 18/05/2024.- El entrenador del FC Barcelona, Xavi Hernández, da una rueda de prensa tras dirigir un entrenamiento del equipo este sábado en la ciudad deportiva del club en Sant Joan Despí, Barcelona, de cara a su partido de LaLiga contra el Rayo Vallecano. EFE/Marta Pérez

Xavi Hernández, en su comparecencia de prensa de ayer

Marta Pérez / EFE

El Barça ha disputado 51 partidos oficiales esta temporada, además de un puñado de amistosos en verano. Suponen unas 120 conferencias de prensa. Cada tres días, Xavi se ha sentado frente a los micrófonos, un ritmo salvaje que exige claridad de ideas, discurso competente, las gotas necesarias de cinismo, un saludable sistema nervioso y la habilidad para no meterse en charcos innecesarios.

Xavi carece de estas cualidades, imprescindibles en los tiempos que corren. A su alrededor, Ancelotti, Simeone, Klopp, Guardiola y tantos otros convierten sus apariciones ante la prensa en un fascinante ejercicio de comunicación. Hablan para los periodistas, pero se dirigen a los jugadores, directivos y aficionados. Han convertido una función fatigosa y desagradable en un arte. Puesto que son los únicos que se exponen en un mundo blindado al exterior, aprovechan la oportunidad hasta el hueso.

Xavi es un desastre en el capítulo de la comunicación. Cada rueda de prensa presagia una inconveniencia a destiempo. Sus intervenciones han sido mucho más problemáticas que los mediocres resultados del equipo, quizá porque detrás de su aparente ingenuidad esconde un ego que le impide ver más allá de su ombligo.

Xavi sigue encerrado en su juguete, sin comprender, por ejemplo, que el club le ha concedido en abril una oportunidad que probablemente no merecía. Esa confianza recibida después de su clamorosa dimisión se tradujo esta semana en otro patinazo innecesario, derrotista, pésimo para el ánimo del club y de un equipo empujado a interiorizar una falsa mediocridad.

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