el año iniciático de la futura Jacqueline Kennedy

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Quien haya visto la serie Emily en París, en la que Lily Collins encarna a una encantadora norteamericana que vive innumerables aventuras en la capital francesa, puede imaginar, salvando las distancias, lo que debió de ser la estancia de Jacqueline Kennedy antes de convertirse en tal.

Jackie estaba, por nacimiento, vinculada a la cultura europea. Sus antepasados eran franceses, y de ellos había heredado su apellido de soltera, Bouvier. A la familia le encantaba fantasear con unos orígenes muy antiguos que remontaban, supuestamente, hasta 1086. Decían que uno de sus ancestros había sido, en el siglo XIV, secretario de Carlos V de Francia.


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En realidad, estas veleidades aristocráticas no tenían sustento. Todo había empezado en 1815, cuando Michel, un simple ebanista, emigró a América porque, como antiguo soldado de Napoleón, estaba en el punto de mira de la represión borbónica protagonizada por los partidarios de Luis XVIII.

Jackie, de clase alta, tuvo la educación refinada que le permitiría, más tarde, deslumbrar a los Kennedy. La fortuna de su padre, John V. Bouvier III, conocido por el sobrenombre de “Black Jack”, se resintió gravemente tras la crisis de 1929, año en que nuestra protagonista nació, pero la familia siguió viviendo a todo tren, convencida de que la Gran Depresión iba a ser solo una tormenta pasajera. Había que mantener, sin que importara el precio, una imagen de esplendor.

Jacqueline Bouvier en 1935.

Jacqueline Bouvier en 1935.

Dominio público

Inevitablemente, llegó el momento en que fue imposible volver la espalda a la situación financiera, a medida que la familia regresaba a sus orígenes de clase media. La decadencia económica iba a dejar una profunda huella en la pequeña, al inspirarle una sensación de inseguridad y un miedo a la pobreza que la marcaría para siempre, tal como señala su biógrafa Sarah Bradford.

Infancia volátil

Jackie fue una niña precoz, aficionada a lecturas por encima de su edad. Con apenas ocho años ya disfrutaba, por ejemplo, de La dama del perrito, un relato de Chéjov, el famoso escritor ruso decimonónico, que despertó su entusiasmo. Pero su vida experimentó un profundo trauma cuando sus padres se divorciaron. En aquella época, algo así constituía un poderoso motivo de vergüenza social.

Lo peor, sin embargo, era el impacto emocional. La niña se acostumbró a mirar la realidad desde la distancia, sin involucrarse a nivel afectivo. Para combatir un mundo que se volvía hostil, se refugió en una privacidad a la que nada tenía acceso.

'Black Jack' Bouvier y su esposa Janet en 1933

‘Black Jack’ Bouvier y su esposa Janet en 1933

Bettmann / Getty Images

Los progenitores compitieron por el afecto de sus hijas. Black Jack se alzó como vencedor indiscutido. Amante del lujo, no dudaba en derrochar a manos llenas el dinero que tenía y el que le prestaban. Así era como ganaba el afecto de sus dos hijas, en su papel de gran consentidor, mientras su exmujer, Janet, quedaba como la figura antipática que intentaba imponer disciplina.

Al contrario que Jack, Janet priorizaba el estatus social por encima de todas las cosas. Era aún joven y atractiva, por lo que trató de hacer valer sus bazas en el mercado matrimonial y no se detuvo hasta encontrar un buen partido que le proporcionara la ansiada estabilidad financiera, dentro de su calculada estrategia de ascenso social. El elegido fue el millonario Hugh D. Auchincloss Jr., uno de los herederos de la compañía petrolífera Standard Oil. Por tanto, dueño de una fortuna descomunal.


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Auchincloss había pasado antes por dos matrimonios desastrosos, uno de ellos con Nina Gore, la madre del escritor Gore Vidal. Este, con pluma maledicente, aunque no sin algo de razón, presentaría a Janet como una arribista. No obstante, también es cierto que ella encontró a un marido en el que confiar, opuesto del todo al efervescente e irresponsable Bouvier.

Podría suponerse que, gracias a su padrastro, Jackie no tuvo que volver a preocuparse por el dinero. No fue exactamente así: mientras sus hermanastros vivían desahogadamente, ella tenía que contentarse con una asignación insuficiente para los círculos elitistas que frecuentaba. Apenas cincuenta dólares al mes no le permitían, por ejemplo, mantener su propio caballo en la escuela de Miss Porter, en Farmington. Este colegio fue uno de los diversos centros de élite en los que obtuvo su educación, dirigida, en realidad, no tanto a brillar profesionalmente como a conocer a un esposo adecuado. Al menos, esa era la intención de su madre.


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Su preparación cultural, sin embargo, le interesa más que los coqueteos. Por eso aprovecha para pasar un año en Europa, de 1949 a 1950, donde asiste a la Universidad de Grenoble y a la Sorbona de París. Sigue con ello la tradición de la alta sociedad, acostumbrada a enviar a sus hijos al Viejo Continente en viaje de formación, pero a la vez encuentra una manera de escapar de una madre estricta con la que tenía roces continuos.

El viaje de su vida

¿Cómo debió de sentirse al iniciar aquella aventura? Existe una fotografía en la que podemos contemplarla en la cubierta del barco que la ha de llevar, junto a otras estudiantes, a Francia. Su sonrisa radiante nos lo dice todo acerca de la ilusión con la que afrontaba entonces el futuro.

La futura Jackie Kennedy (centro), con otras universitarias de intercambio en la cubierta de un transatlántico rumbo a Francia, agosto de 1949.

La futura Jackie Kennedy (centro), con otras universitarias de intercambio en la cubierta de un transatlántico rumbo a Francia, agosto de 1949.

Bettmann / Getty Images

La capital francesa la fascinará, entre otras razones, por la facilidad para acceder a la alta cultura, en forma de teatros o ballets, y por los placeres de la vida nocturna. Mientras tanto, se aloja en casa de una aristócrata, la condesa de Renty, una antigua colaboradora de la Resistencia que había estado internada en el campo de concentración de Ravensbrück. Su marido, también antinazi, murió en prisión. Eso la dejó, durante la posguerra, en una situación difícil. Para hacer frente a las complicaciones económicas, alquilaba sus habitaciones a jóvenes estudiantes.

Jackie vivirá con una sencillez a la que, hasta ese momento, no estaba habituada. Francia aún no se ha rehecho de la contienda, por lo que es difícil contar con ciertas comodidades, como la calefacción. El baño está restringido a una vez por semana. Lo mismo sucede con ciertos alimentos: para acceder al café y al azúcar hay que disponer de una cartilla de racionamiento.


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Pero todos estos inconvenientes no son lo esencial. Lo más importante es que la joven halló un entorno doméstico en el que se sentía a gusto. La condesa, según le escribió Jackie a su hermanastro Yusha Auchincloss, era “una madre celestial”. Su entusiasmo puede leerse en términos positivos, de alegría por lo que acababa de encontrar, pero también como una confesión implícita de lo infeliz que había sido hasta entonces su vida en casa.

El año de París le resultó inolvidable en muchos sentidos. Reconoció, por ejemplo, que nunca había sido tan feliz ni vivido con tanta despreocupación. Aquel había sido el punto culminante de su vida.

Jacqueline Bouvier (futura Jackie Kennedy) junto a su hermana Caroline Lee Bouvier (Lee Radziwill) el 15 de septiembre de, 1951 a bordo de un barco en USA a punto de emprender un viaje por Europa

Jacqueline Bouvier junto a su hermana Caroline Lee Bouvier en septiembre de 1951. 

Propias

El viaje le sirvió, en primer lugar, para perfeccionar sus habilidades con el francés, el único idioma que podía utilizar. Con ello, lo tuvo más fácil para leer a los grandes escritores, como Proust, o interesarse por la historia del arte. Pero, sobre todo, ganó seguridad en sí misma. Comprendió que ser una mujer apasionada del saber no debía ser un motivo de estigma: “Aprendí a no avergonzarme de un hambre real de conocimiento, algo que siempre había tratado de ocultar”.

París resultó una experiencia profundamente transformadora. En Dreaming in French (The University of Chicago Press, 2012), Alice Kaplan, una de las biógrafas de Jackie, nos dice que París fue la incubadora perfecta para sus innumerables talentos: “Su estilo, su agudo ingenio, su forma de imaginar, se perfeccionaron allí”.

El sueño cumplido

Cuando regresa a casa, tiene más o menos claro su futuro profesional. Quiere dedicarse a algo que tenga que ver con las letras, como la edición, según le confiesa a su padre. En 1951 se le presenta una gran oportunidad: gana un premio convocado por la revista Vogue para ser editora junior durante un año, en París, imponiéndose a más de 1.200 aspirantes. Sin embargo, renuncia a este gran sueño. ¿Obligada, tal vez, por una madre escandalizada ante la sola idea de que acepte una beca como si fuera de clase baja?

Su padrastro le ha buscado un premio de consolación. A través de Arthur Krock, del New York Times, le consigue un trabajo en el Washington Times-Herald, una publicación mucho menos estimulante. Su redactor jefe, Frank Waldrop, le preguntará a Jackie en la primera entrevista para el trabajo si desea hacer carrera en el mundo periodístico o solamente pasar el tiempo hasta contraer matrimonio. Ella le asegura que quiere hacer carrera.

Se ocupará de escribir una sección en la que hace preguntas a desconocidos, a los que también debe fotografiar. Las cuestiones tienen siempre un toque entre insólito y frívolo, no sin cierto sentido irónico del humor. Como al plantear si las mujeres son un lujo o una necesidad, o preguntar a su interlocutor cuándo ha descubierto que las mujeres no son el sexo débil. En algunos casos, las cuestiones parecen anticipar lo que será su vida posterior: “¿Qué primera dama le gustaría haber sido?”, “¿Le gustaría que su hijo, de mayor, fuera presidente?”, “¿La esposa de un candidato debería participar en la campaña con su marido?”.

Jacqueline Bouvier, futura Jackie Kennedy, fotografía a Dale Chestnut en su etapa como reportera en el ‘Washington Times-Herald’, 1952.

Jacqueline Bouvier fotografía a Dale Chestnut en su etapa como reportera en el ‘Washington Times-Herald’, 1952.

Bettmann / Getty Images

Lo que no sabe es que volverá a París una década después convertida en la primera dama de Estados Unidos. Tampoco sospecha que tendrán que pasar muchos más años y dos matrimonios, con John F. Kennedy y con Aristóteles Onassis, antes de que por fin pueda reemprender su dedicación profesional y tener su propia carrera como editora.

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