“Si hay tijeras para niños ¿por qué no hay móviles para adolescentes?”

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“Se me hizo eterno”, confiesa Miguelanxo Prado (A Coruña, 1958) sobre las dificultades por las que ha pasado hasta llegar a la segunda parte de Presas fáciles. Buitres (Norma), que ahora forma un díptico integral con dos casos de los inspectores Tabares y Sotillo.

Y es que no le fue fácil documentarse sobre el mundo de la pornografía infantil, pues “llegó un momento en que no quería saber más, ha sido mi obra más difícil”. Como le explicaban sus fuentes policiales, “la relación esfuerzo-resultados es desesperante, porque además a menudo la única vía de entrada es la participación, y se acaba con una gran sensación de impotencia”. “Lo que detecta la policía es lo mínimo, todo lo que hay detrás queda en la sombra”, continúa el creador, que recuerda que se trata de un problema transversal: “Tan culpables son los que ganan dinero como los usuarios, no hay excusa moral”, dice.

El autor no tenía intención de seguir con los inspectores Tabares y Sotillo, pero el tema le puso en bandeja la posibilidad de “conocerlos un poco mejor”

Al autor le “estremecía pensar lo que puede pasar hoy con un dispositivo, el móvil, en que el victimario tiene acceso directo a la víctima, que a veces se mete ella sola en la boca del lobo”, porque además es un crimen en el que a menudo no hay una estructura delictiva y los responsables actúan a distancia, mientras que “las víctimas son ajenas a los impulsos que generan esas actividades”. “Si hay tijeras para niños ¿por qué no hay móviles para adolescentes?”, se pregunta.

Así como en el 2016 una noticia sobre el suicidio de dos ancianos que no podían pagar la hipoteca le inspiró para crear la primera parte de Presas fáciles, Hienas, en torno a la estafa de las preferentes, el punto de partida de la segunda entrega fue una noticia sobre una madre de tres hijos que tras ser abandonada intentó prostituir a una hija. “Me pareció que era un tema que desarrollar con una investigación policial”, recuerda, así que retomar los personajes fue “una decisión utilitaria, no lo había previsto”. El autor de Trazo de tiza insiste en que no tenía ninguna intención de crear una serie, pero en el primer encuentro de los inspectores Tabares y Sotillo se quedó con ganas de desarrollar los personajes, pues tras dedicar la historia a resolver el caso se dio cuenta de que apenas sabía nada de ellos, algo que sí ha podido profundizar en este y “conocerlos un poco mejor”. Así como el cómic del 2016 se publicó en blanco y negro “para controlar la carga estética”, la nueva edición conjunta es en color, “porque si no, me parecía demasiado dura, insufrible”.

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El historietista gallego Miguelanxo Prado, hace unos días en Barcelona

Marta Pérez / EFE

Para Prado, la creación “no es un trabajo notarial, mi terreno es la ficción como base para pensar y proponer nuevos puntos de vista”, asegura, porque “el arte propone versiones alternativas de la realidad”, y cita el Quijote, Hamlet o Un mundo feliz como ejemplos de ficciones que no están basados en hechos reales, sino que van más allá.

En Hienas, las motivaciones tras la historia eran claras y quiso mostrar cómo se perfeccionaron metodologías para ganar dinero sin freno, y eso que “el Estado protector existe para garantizar que no les cortamos el cuello a los poderosos”. En el nuevo caso “todo era más inquietante, pero me esforcé para que no tuvieran escapatoria moral”, que la frontera entre lo que es inadmisible y lo que es opinable fuera clara.

“Lo fundamental en la narración es el ritmo narrativo”, explica, para lo que da “prioridad al guion”: “Cuando quiero dibujar y pintar, dibujo y pinto, pero el cómic es otra cosa”.

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