Israel, de hogar a búnker, por Carles Casajuana

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Hay muchas razones para admirar a Israel. La calidad del debate intelectual israelí es una de ellas, y no es la menor. Que en una situación tan difícil como la actual, en plena guerra, tras el trauma colectivo que supuso la atrocidad del 7 de octubre, haya escritores que expongan sin tapujos sus discrepancias con la política del Gobierno Netanyahu dice mucho sobre la sociedad israelí y sobre la diferencia con los países que le ­rodean.

Las poco más de cien páginas de El precio que pagamos , de David Grossman, son un buen ejemplo de ello. No es más que una miscelánea de conferencias y artículos de los últimos años, un conjunto de pinceladas y de observaciones sin un hilo conductor coherente más allá de las posiciones del autor sobre la actualidad política del país y sobre el conflicto israelo-palestino. Pero la valentía moral de Grossman y la clarividencia con la que juzga a los dirigentes de Israel –impensables en la Gaza teocrática de Hamas, por supuesto– hacen que su lectura sea un complemento muy estimulante a las deprimentes noticias que nos llegan día tras día.

¿Cómo lograrán los israelíes gestionar su culpa por lo que han hecho a tantos palestinos inocentes?

Grossman parte de una pregunta: ¿cómo es posible que Israel, pese a su enorme potencial creativo, de talento, de innovación, esté haciendo girar la rueda del conflicto con el pueblo palestino desde hace más de cien años sin ser capaz de convertir su enorme superioridad militar en una palanca para cambiar la realidad y liberar al país de la maldición de la guerra? ¿Cómo es posible que Israel, tan poderoso en el campo de batalla, no encuentre la forma de hacer la paz?

La respuesta puede encontrarse en la profunda división de la sociedad israelí. Grossman no ve cómo puede haber unidad entre los colonos resueltos a apoderarse como sea del territorio de Cisjordania, convencidos de que les pertenece por herencia bíblica, y los israelíes que ven en los colonos la causa de que el futuro de sus hijos esté en peligro permanente; no entiende cómo los ciudadanos que aspiran a anexionarse ­Cisjordania pueden convivir, sin graves discordias, con los que creen, como él, que esta anexión, si se produce, eliminará ­cualquier posibilidad de resolver el conflicto y ­condenará a Israel a vivir en guerra permanente.

A man walks past posters depicting hostages kidnapped during the deadly October 7 attack on Israel by Hamas, in Tel Aviv, Israel June 14, 2024. REUTERS/Marko Djurica

Marko Djurica / Reuters

A su juicio, los cincuenta años largos de ocupación de Cisjordania y Gaza han llevado a muchos israelíes a creer que existe una jerarquía en el valor de la vida humana y que el pueblo palestino es inferior al israelí. Los más religiosos están persuadidos de que ello es así por voluntad de Dios. Inconscientemente, piensan que es lícito negar a los palestinos los derechos inherentes a los seres humanos y que las desgracias y humillaciones que sufren son un producto de su propia esencia (más o menos, como los antisemitas piensan de los judíos).

Grossman cree que los israelíes siguen pensando y actuando como si fueran la parte débil, una raza perseguida durante siglos, y que no han sabido adaptarse mentalmente a la realidad del Estado de Israel, en el que no son una minoría, sino la mayoría dominante. Las barbaridades que el ejército de Israel está cometiendo en Gaza, las matanzas de civiles inocentes, son resultado de una forma de pensar creada por siglos de pogromos, propia de un pueblo que, a pesar de los enormes progresos en tantos campos, sigue sintiéndose desprotegido y está dominado por un miedo profundo, existencial. A su vez, la sanguinaria respuesta al ataque de Hamas es también fruto de un fuerte sentimiento de superioridad creado por décadas de ocupación y de nacionalismo justiciero.

En Israel, a diferencia de la mayoría de los países de la región, hay libertad de expresión, un periodismo libre y el derecho a elegir y ser elegido diputado, con un Gobierno sometido a la ley y al Tribunal Superior de Justicia. Pero Grossman se pregunta sin tapujos si un país que lleva cincuenta años ocupando y sometiendo a otro pueblo y le niega la libertad puede ser considerado verdaderamente democrático.

No se siente optimista. El país está sometido al doble trauma del ataque del 7 de octubre y de la condena internacional por su desmedida reacción militar; los ciudadanos siguen reclamando venganza sin darse cuenta de que la violencia israelí generará indefectiblemente más violencia y más ­terrorismo y que las aspiraciones palestinas a un Estado propio no se derrumbarán bajo las bombas como los edificios de Gaza.

Cree que Israel tardará en comprender que esta guerra no se puede ganar por las armas y que la ocupación no puede continuar eternamente, que para vivir en paz debe aceptar la existencia de dos estados, el israelí y el palestino. Mientras no lo acepte, mientras los palestinos no tengan también su propio hogar, Israel estará condenado a ser más una fortaleza, un búnker –imperfecto, siempre con algún flanco débil, como se vio el 7 de octubre–, que un hogar.

Grossman deja en el aire una pregunta que hace daño: ¿cómo lograrán los israelíes gestionar su parte de culpa –si es que llegan a ser capaces de reconocerla– por lo que les han hecho y continúan haciendo a tantos palestinos inocentes, por haber matado a miles de niños y destruido tantas familias?

La contundencia de estas reflexiones nos restituye parte de la fe en la sociedad israelí. Ignoro la difusión y el predicamento que tienen hoy las ideas de Grossman en Israel. Probablemente, muy escasos. Según los sondeos, la mayoría de los ciudadanos, por chocante que nos resulte, están de acuerdo con la forma en la que el Gobierno de Beniamin Netanyahu conduce la guerra y no piensan que Israel, dominado por el odio, esté violando el derecho internacional. Pero no todo está perdido. En una sociedad que produce intelectuales de la talla de Grossman y es capaz de dejarles expresarse libremente siempre habrá un resquicio para la esperanza. El prestigio de Israel, hoy, lo preservan las personas como él.

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