Tecnopopulismo nihilista, por Lorenzo Bernaldo de Quirós

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A lo largo de los últimos años, el populismo ha logrado una capacidad de acción inédita en el pasado mediante el uso de las modernas tecnologías de la información. La infección populista de la esfera pública en numerosos países, incluidos los desarrollados, está estrechamente interconectada con el desarrollo de los medios y plataformas digitales en sus muy diversas manifestaciones. Las nuevas formas de comunicación han mostrado una eficacia extraordinaria para alcanzar dos objetivos: la personalización de los liderazgos no convencionales y la deslegitimación de los viejos cuerpos intermedios a través de los cuales se ha encauzado de manera tradicional la representación y la opinión.

El tecnopopulismo se presenta como una herramienta para empoderar a los ciudadanos y devolverles el protagonismo en la vida pública usurpado por un sistema, la democracia representativa, controlado por las élites, y al servicio de estas. En este contexto, la tecnología se convierte en un instrumento de democracia directa y en una forma de hiperrepresentación. Da voz y participación política a quienes no la tienen, a todos aquellos olvidados por los partidos y por las instituciones de la democracia liberal, transformados en una casta oligárquica que actúa en su propio beneficio. En la práctica, este enfoque es la adaptación a los tiempos actuales, la resurrección de las técnicas plebiscitarias empleadas por los regímenes autoritarios y totalitarios: oír la voz del pueblo sin intermediarios.

Este método de comunicación y movilización política tiene una extraordinaria capacidad de penetración en situaciones de crisis como la presente. La mezcla de incertidumbre y temor existente en buena parte de las sociedades desarrolladas con la sensación de incapacidad de las instituciones y de los partidos convencionales de darles respuesta ha generado la emergencia de movimientos de contestación al sistema, por no decir antisistema. Esto no es algo novedoso. En el periodo de entreguerras (1918-1939), el nazismo, el fascismo y el comunismo aglutinaron ese malestar y los dos primeros usaron con fruición y habilidad los medios de comunicación de la época.

opi 4 del 22 juny

 

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Aquí y ahora, la protesta no se encarna en fuerzas totalitarias carnívoras, sino en algo menos agresivo pero peligroso: el binomio populismo-demagogia. En unos casos, ello se traduce en la oferta de una democracia iliberal, esto es, en la concesión de un poder ilimitado a la mayoría para “hacer limpieza”; en otros, en la impugnación y deslegitimación de la democracia liberal sin plantear ninguna alternativa, salvo consignas deslegitimadoras de lo existente. Esas dos fórmulas tienen una enorme potencia expansiva a través de las redes y de las plataformas creadas al amparo de las nuevas tecnologías y sus mensajes tienen una capilaridad brutal; penetran en vena y sin tamices ni contrastes en sus destinatarios.

En este marco de análisis hay que situar el éxito cosechado en los recientes comicios europeos por la agrupación electoral Se Acabó la Fiesta, creada y liderada por un agitador conocido por su alias, Alvise. Este movimiento carece de ideario y ni siquiera se ha molestado en elaborar y presentar un programa, ¿para qué? Su discurso está enteramente dirigido a la acción, a lograr una movilización anti no sostenida en proyecto alguno. Es una llamada nihilista a la revuelta tras la cual solo hay el ego de un individuo que sobre una base de cálculo frío y astuto apela a los sentimientos más bajos del ser humano para lograr unos objetivos inescrutables y de paso, como él mismo ha declarado, buscar la inmunidad que le concede ser parlamentario europeo.

Tras Se Acabó la Fiesta solo hay el ego de un individuo que apela a los sentimientos más bajos del ser humano

Si bien no existe nada parecido a una ideología ni siquiera a una mera apariencia de ella en ese ente denominado Se Acabó la Fiesta, sus mensajes se entienden a la perfección como una vorágine de prejuicios, de pasiones, de odios, de emociones, de resentimientos, de frustraciones y de esperanzas. Es el vacío de la irracionalidad y de la rabia convertidos en catalizadores de la acción política a mayor gloria de un activista oportunista y megalómano. En la anónima soledad de la pantalla el hombre alvisiano se siente un individuo al que se le dirige un mensaje personal y, a la vez, se le hace sentir que forma parte de un alma colectiva. Es la versión siglo XXI de la Psicología de las masas de Gustave Le Bon.

Hay quien dice y dirá que Se Acabó la Fiesta refleja el profundo descontento existente en amplias capas de la sociedad. Pero la comprensión de ese hecho no resta calificar a su encarnación política como algo deleznable, como una manifestación no ya del deterioro de la res publica en las Españas, sino de la resurrección del hombre masa orteguiano creyente en el pensamiento mágico y que espera la llegada del Mesías. Es un milenarismo laico que promete un Juicio Universal en el que serán castigadas todas las fuerzas diabólicas que han convertido las Españas en un infierno.

Por último, la estelar irrupción del señor Alvise en la escena muestra también algo muy inquietante; a saber, la incapacidad de la derecha y del centroderecha estatales de canalizar de manera constructiva el enojo de un segmento no desdeñable de la sociedad con el estado de cosas existente en las Españas. Son todavía pocos, pero pueden ser muchos quienes estén dispuestos a echarse en brazos de un demagogo iluminado y egocéntrico que desde su púlpito digital llama a sus fieles a una cruzada contra el mal, pero sin ofrecerles no ya paraíso alguno, ni siquiera un purgatorio razonable, sino venganza.


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