La Francia inflamable

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La historia reciente enseña que cualquier chispa puede incendiar los suburbios populares franceses y provocar una crisis nacional. Hace casi un año, la muerte de Nahel, un joven franco-argelino de 17 años, por un disparo de la policía en un control de tráfico en Nanterre, sumió al país en el caos. Varios días de disturbios dejaron un balance de destrucción impresionante: más de 12.000 vehículos quemados, casi un millar de comercios saqueados, centenares de comisarías, ayuntamientos y escuelas atacados.

“Si gana el Reagrupamiento Nacional [RN, extrema derecha], todo va a arder, lo romperán y lo saquearán todo”, opina, sin atisbo de duda, una enfermera ya jubilada, de ascendencia portuguesa, que no se atreve a dar su nombre. “El problema de la seguridad ha tomado proporciones catastróficas”, añade.

En Nanterre, localidad de la periferia oeste de París, con cerca de 100.000 habitantes, los partidos de izquierda llegaron al 60% de votos en las elecciones europeas del 9 de junio. La Francia Insumisa (LFI, izquierda radical), de Jean-Luc Mélenchon, alcanzó el 37%. Es un bastión rojo que, paradójicamente, linda con el distrito financiero de La Défense, competidor de la City londinense. En otros suburbios del norte de la capital, con alta proporción de votantes de origen inmigrante, LFI logró superar incluso el 50%.

Preguntando a los vecinos de la cité Pablo Picasso, donde vivía Nahel con su madre, no hay consenso sobre si cabe esperar un estallido de violencia, aunque nadie lo descarta. “Muchos jóvenes han votado por primera vez en las europeas precisamente por lo que le pasó a Nahel”, comenta Daniel Lependu, viejo sindicalista y poeta, de 73 años. “Macron cometió una estupidez al disolver la Asamblea –agrega–. Pensaba que la izquierda se pelearía entre ella, pero se unió enseguida para frenar a Le Pen. El Nuevo Frente Popular puede ganar”.

Por ahora reina la calma en las calles. “Desde hace un mes hay más policía, porque se acercan los Juegos Olímpicos –explica un vecino–. Los agentes toman contacto con los grupos de jóvenes para decirles: si estáis tranquilos, os dejamos tranquilos. Aquí funciona mucho el boca a boca”. La habilidad policial es clave. Demasiadas veces la presencia provocadora de agentes del orden, sobre todo de antidisturbios, encrespa los ánimos e incita a la violencia.

La muerte de un joven en Nanterre, hace un año, provocó un caos de violencia en todo el país

“La gente del barrio se interesa más por lo que pasa en su entorno más cercano que por las noticias nacionales –estima Éric, director de la escuela primaria Pablo Picasso–. Solo reaccionan si se sienten directamente implicados, si ven una injusticia hacia alguien que conocen, a quien pueden poner un rostro, como pasó con Nahel. En general, muestran una cierta resiliencia. Están tan habituados a que se les señale con el dedo que ya no prestan atención y continúan con su vida”.

Según Éric, los medios de comunicación exageran el impacto de la delincuencia, e insiste en que quienes ocasionan más problemas son los franceses descendientes de inmigrantes, pues los recién llegados suelen comportarse bien. “Se habla demasiado poco de la corrupción en las altas esferas de Francia; esa no es gente de los barrios populares”, matiza.

–¿Y qué le parece cuando Jordan Bardella –el candidato a primer ministro del RN– habla sin cesar de frenar la inmigración?

–Es imposible. El cambio climático empujará aún más a la gente a venir. No podemos convertirnos en fortalezas.

–¿Cuántos franceses quedan de pura cepa, realmente?

“Si gana el RN [Le Pen], todo va a arder”, pronostica una vecina; otros son más optimistas

–Es un concepto ridículo. Mis abuelos, por ejemplo, venían de Argelia y de Italia.

–¿Y cuando Bardella promete una ley de seguridad urgente? ¿Es para dar vía libre a la policía?

–Eso es lo que nos da miedo. Yo siempre digo a mis hijos que plantear soluciones simples a problemas complicados es tomar a la gente por idiotas.

En el centro social de la zona, Sophie, que coordina los cursos de francés para extranjeros, insiste en que “cada vez hay más gente que toma conciencia de que vivimos una situación inédita y preocupante, y que hay que ir a votar”. Se queja de que la nueva ley de inmigración, aprobada el año pasado con el apoyo de los diputados de Le Pen, está ya haciendo la vida difícil a los recién llegados, privándoles de derechos. “Los macronistas han preparado el terreno a la extrema derecha –recalca–. Macron es cómplice del Reagrupamiento Nacional”.

El pasado viernes, la entrada a la gran mezquita Ibn Badis era un buen observatorio para pulsar la opinión de la comunidad musulmana. El complejo de la mezquita, que incluye una escuela privada, es muy moderno. A la una del mediodía, una hora antes de la oración, había ya mucha afluencia de fieles, hombres de todas las edades y orígenes diversos, con chilaba o con corbata, que venían de su casa o hacían una pausa en el trabajo. Uno de los vigilantes llevaba en la mano un contador. “Cuando lleguemos a 1.299 paramos –dijo–. Es el límite de capacidad. Ya no podemos admitir a más. Casi cada viernes se queda gente fuera”.

“A Mélenchon le reprochan islamo-izquierdismo para desacreditarlo”, dice un fiel ante la mezquita

Le preguntamos a Murad, 39 años y nacido en Francia, qué le parece cuando se acusa a LFI y a Mélenchon en particular de “islamo-izquierdismo”, de llevar una estrategia clientelar con la comunidad musulmana para ganar sus votos. “Lo dicen para desacreditarlo, para expulsarlo del debate –responde el interlocutor–. Con su posición sobre Gaza solo está defendiendo los valores humanistas de Francia y el derecho internacional”.

–¿Teme disturbios si gana Le Pen las legislativas?

–No, pero siempre puede haber agitadores. Es una técnica conocida desde la noche de los tiempos.

Adam, de 42 años, directivo de una empresa de informática, francés de padres marroquíes, expresa su miedo a que, si vence la extrema derecha, “la palabra racista se liberará, y también los actos racistas se liberarán”. “Yo tengo estudios y dinero –confiesa–. Me planteo marcharme del país con mi familia”.

¿A dónde?, ¿a Dubái, por ejemplo?, ¿a un país del golfo?

“Tengo estudios y dinero; me planteo irme del país, quizás a España”, confiesa un directivo antes de rezar

–No, quizás a otro europeo, como España, que es más abierta.

–¿Qué piensa de la acusación de islamo-izquierdismo?

–Es lo mismo que pasaba durante los años treinta cuando los fascistas hablaban de judeo-bolchevismo.

La hipótesis de gobierno técnico gana terreno si no hay mayoría parlamentaria

Francia podría entrar después del 7 de julio, día de la segunda vuelta de las elecciones legislativas, en un escenario a la italiana, aunque sin la experiencia ni la habilidad de los políticos transalpinos para moverse en una situación sin mayoría e inestable.

La hipótesis de un gobierno llamado técnico , dirigido por alguna figura respetada por todos y ministros de perfil tecnocrático, empieza a ganar terreno en París, ante la posible perspectiva de una nueva Asamblea Nacional sin ninguna fuerza con mayoría absoluta y siendo muy difícil una alianza viable entre formaciones con proyectos contrapuestos.

Esta solución de emergencia debería prolongarse un año, pues ese es el plazo mínimo, según la Constitución, para volver a convocar elecciones. Un gabinete tecnocrático tendría que dar confianza, sobre todo a los sectores económicos y a los inversores extranjeros, y evitar una crisis de grandes proporciones que afectaría a toda Europa. Al presidente Emmanuel Macron le tocaría un papel de árbitro en una coyuntura muy delicada y con su autoridad política severamente dañada.

No puede descartarse que la ecuación se complique todavía más y que Macron, pese a sostener lo contrario, presente la dimisión como respuesta a otra debacle electoral. En ese caso, ocuparía el Elíseo, provisionalmente, el presidente del Senado, el conservador Gérard Larcher, hasta la celebración de nuevas elecciones presidenciales en un plazo de 40 días; es decir, a mediados de agosto. Se trataría de un calendario envenenado, pues la campaña coincidiría con los Juegos Olímpicos de París.

Marine Le Pen no ha pedido formalmente la renuncia de Macron, pero casi la ha insinuado al decir que, cuando existe bloqueo político, existen tres alternativas: remodelar el Gobierno, disolver la Asamblea o la dimisión del presidente. Agotadas ya las dos primeras, solo quedaría la tercera. Para el expresidente François Hollande, que se presenta a diputado, “el macronismo está acabado”. “Lo digo sin ninguna hostilidad”, puntualizó el exjefe de Estado.

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