El fútbol en tiempos de guerra, por John Carlin

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“El fútbol es mucho más importante que la vida o la muerte”. Bill Shankly, exentrenador del Liverpool FC.

Damos por hecho que en tiempos de paz nada exalta los sentimientos patrios como un partido de fútbol internacional. Una selección es un ejército por otros medios. Lo lógico en tiempos de guerra, entonces, es que un partido de fútbol internacional multiplique la pasión por la bandera y genere un frenesí inigualable de fervor tribal. Motivado como siempre por un voraz impulso filosófico, por el hambre de expandir mis conocimientos y compartirlos con mis lectores, he viajado a Ucrania para poner la tesis a prueba. Como sabrán, se está llevando a cabo hace unos diez días la competición de selecciones conocida como la Eurocopa. Ucrania, que participa en ella, está en guerra con Rusia hace 851 días.

El primer partido de Ucrania en la Eurocopa fue contra Rumanía y se disputó el lunes de la semana pasada en Munich. Tras un viaje en tren de 18 horas desde Varsovia llegué a Kyiv, la capital de Ucrania, a las 12 del mediodía, con cuatro horas de sobra para consultar con los nativos y dar con el bar más indicado para presenciar el partido en directo en televisión junto, supuse, a una horda de fanáticos vestidos con la camiseta amarilla y azul de la selección. Hubo horda—el bar estaba casi lleno–, pero de fanatismo nada y camisetas, ni una. Empezó el partido y los clientes, hombres jóvenes en su mayoría, ni parpadearon. La mitad estaba más concentrada en sus cervezas o en sus hamburguesas que en la pantalla. Raro, pensé, pero pronto se animarán.

A los 29 minutos, Rumanía marcó. Ni un gemido, ninguna lamentación, cero clamor contra el árbitro por no haber señalado un posible fuera de juego o contra algún defensa por haberse quedado dormido. Las cervezas y las hamburguesas seguían siendo el principal foco de atención. Rumanía volvió a marcar en el minuto 53 y luego en el 57. Ucrania despertó y empezó a tener ocasiones de gol. ¿Remontada? No hubo oportunidad de saberlo porque en el minuto 65 se cortó la retransmisión. Pantalla en negro. Ni nosotros en el bar ni nadie más en toda Ucrania vio el resto del partido. Se supuso, y más tarde se confirmó, que los rusos habían hackeado la señal. ¿Rabia? ¿Indignación? Nada. Los fans siguieron tan aplatanados—apáticos, diría– como cuando comenzó el partido. Resultado final, 0-3.

En una cena la noche siguiente hubo una mujer a mi lado cuyos dos hijos adolescentes son unos locos del fútbol, me dijo. Le comenté mi sorpresa ante el gris espectáculo que había presenciado en el bar. Me dijo que no le sorprendía. Que en su casa habían visto el partido, pero calladitos todos. Aunque Ucrania hubiese ganado no lo hubieran celebrado. Ni con gritos ni con aplausos.

Soccer Football - Euro 2024 - Fans gather for Slovakia v Ukraine - Kyiv, Ukraine - June 21, 2024 Ukraine fans stand for the national anthem as they watch the match at a compound of the World War II museum REUTERS/Valentyn Ogirenko

Seguidores ucranianos, antes del partido contra Eslovaquia, en Kyiv

Valentyn Ogirenko / Reuters

“Piensas que un vecino habrá perdido a alguien en la guerra y mejor no dar señales de alegría”

“Es que siempre piensas,” me explicó la señora, “que uno de los vecinos habrá perdido alguien en la guerra, o que quizá tenga un hijo en el frente, y por eso mejor no dar ninguna señal de alegría”.

El siguiente partido de Ucrania en la Eurocopa fue el viernes contra Eslovaquia. Me tuve que patear el centro de la ciudad durante media hora hasta encontrar un bar que lo ponía. Cuando lo encontré, solo quince de las sesenta sillas estaban ocupadas. Esta vez sí vimos el partido hasta el final y sí hubo remontada. Ucrania ganó 2-1. Un chico dio con el puño en la mesa cuando entró el segundo gol, otro se puso de pie y exclamó algo. Alguna sonrisa también, pero poco más. Saltos, abrazos, gritos: nyet.

Hablé con un ministro del Gobierno para que me lo explicara. Me dijo que él había sido un forofo del fútbol toda la vida, pero que desde la invasión rusa del 24 de febrero del 2022 no había vuelto a ver ningún partido. ¿Ni de la selección? Ni de la selección. “Una cosa que te enseña la guerra,” me dijo, “es la perspectiva”.

En Kyiv, ¿saltos, abrazos o gritos por el triunfo de Ucrania en la Eurocopa?: ‘nyet’

Incluso, le pregunté, ¿para los chicos jóvenes en esos dos bares? “Incluso, o más. Todos los chicos jóvenes en todos los bares del país conviven con la posibilidad de que en cualquier momento los movilicen. En cuanto al resto del país, sean jóvenes o viejos, hombres o mujeres, nadie olvida ni por un segundo que somos objetos de caza, que los rusos nos persiguen y nos quieren matar.”

Entonces, ¿el fútbol es más importante que la vida o la muerte?, como dijo aquel. Pues no. Ni de cerca. ¿Mi brillante tesis? Olvidémosla. Terminantemente refutada.

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