«Me hicieron una cesárea con las extremidades superiores atadas»

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Más de dos años de terapia y algo más de un año de tratamiento farmacológico. Estas fueron las consecuencias para María González, poeta y madre de un niño de 5 años, después de dar a luz por cesárea tras un parto inducido que se complicó y en el que «no hubo humanización en el proceso ni protocolo de salud mental», cuenta la joven a ABC.

Los médicos le diagnosticaron polihidramnios (exceso de líquido amniótico) y sospecharon un percentil excesivo de la criatura. Por tanto, le programaron el parto en la semana 40+1. Sin embargo, «tras 11 horas y múltiples pH de calota fetal (se extrae una pequeña gota de sangre del cuero cabelludo del bebé para comprobar los parámetros del equilibrio ácido básico), el parto no avanzaba -continúa- por lo que se recurrió a una cesárea no humanizada» que implicó, tal y como indicaba el protocolo del centro, «la sujeción de las extremidades superiores y la ausencia de una persona de apoyo en el quirófano, así como de piel con piel con el bebé». Nada más nacer su hijo, sin problema de salud alguno, fue separado de su madre porque ella fue trasladada a reanimación. «A mi pequeño le llevaron a las dependencias de enfermería destinadas al piel con piel para familiares no gestantes».

Durante esa noche, María tuvo una hemorragia y una bajada de saturación. «Se me administró oxígeno, suero y plasma, y se me drenó el abdomen. También me aplicaron unos pesos sobre el mismo para ayudar con el proceso», relata.

A la mañana siguiente, fue trasladada a planta y minutos más tarde le llevaron a su bebé. «Habían pasado más de 15 horas», recuerda. «Durante ese tiempo, el equipo de enfermería decidió alimentarle con leche artificial y biberón sin previa consulta». Además, la criatura «fue diagnosticada de cólicos desde las primeras 24 horas y nos obligaron a usar el chupete para controlar el llanto y no molestar al resto de pacientes».

Quince meses después del parto, tras decretarse el Estado de Alarma y el confinamiento, acabó «en una consulta privada de urgencia de psiquiatría». El diagnóstico fue claro: trastorno de estrés postraumático, que tuvo que superar con terapia y pastillas. «No hubo seguimiento a posteriori del parto intervenido. Tampoco humanización en el proceso ni protocolo de salud mental», asegura hoy, consciente de lo que sufrió. «También tuve que aguantar comentarios sobre mi corporalidad» por parte del equipo sanitario. Aunque reconoce que otros profesionales sí fueron amables con ella, «el impacto de la vivencia del parto fue en aumento conforme avanzó la exterogestación».

Todo el mundo, ella incluida, normalizaron lo que pasó. Nadie «abordó de manera significativa el estado mental en el que me encontraba porque respondía a las preguntas con naturalidad. No fui consciente del nivel de violencia obstétrica que sufrí».

Madres y bebés, sin recursos

La experiencia de María, y de otras muchas mujeres, evidencia la importancia de cuidar la salud mental perinatal en nuestro país. Sin embargo, tal y como desvela el estudio ‘El mapa del desierto’, elaborado por el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal (IESMP), los recursos públicos especializados para la atención de la salud mental perinatal muestra la ausencia de estos programas y la desatención de la salud mental de madres y bebés.

Esta investigación ha revelado la necesidad de mejorar esta situación, así como la importancia de reconocer y apoyar a los programas y profesionales pioneros en este campo. «Hemos podido recoger datos de 46 iniciativas en todo el territorio español y muchas de ellas son dependientes del esfuerzo individual de profesionales comprometidos, lo que las hace vulnerables a desaparecer ante cualquier eventualidad», señala Azul Forti Buratti, psiquiatra de la infancia y adolescencia y autora principal de esta investigación.

Esta escasez de recursos contrasta con la situación en otros países europeos, como Reino Unido o Francia, que «disponen de recursos de alta complejidad para los casos más graves, así como atención ambulatoria para prevención, detección precoz e intervención», explica la experta a este diario.

«La Salud Mental Perinatal -continúa Forti- engloba a todo aquello relacionado con la salud mental de la mujer y su pareja en la etapa perinatal, que incluye el embarazo, parto, y posparto hasta el año de vida del bebé. Dentro de ella, se incluye también la búsqueda del embarazo, así como las pérdidas gestacionales o del bebé. Al hablar de salud mental nos referimos al tratamiento de problemas o trastornos de salud mental, pero también a todas aquellas prácticas que promueven la salud mental y previenen el desarrollo de patología posterior».

Tipos de patologías

Los trastornos de salud mental perinatal afectan aproximadamente al 20-25% de las díadas madre-bebé durante el periodo perinatal, según el IESMP. Pero otros problemas como la ansiedad, el estrés, la depresión leve o los traumas derivados del parto, hacen que esta cifra aumente considerablemente.

«Existe patología más grave y menos grave», explica la investigadora. «Dentro de la primera, podemos englobar psicosis puerperal, depresión mayor, trastorno bipolar, trastorno obsesivo compulsivo, cualquier trastorno mental grave que ya existía antes de la gestación, pero que el periodo perinatal puede suponer un momento de mayor vulnerabilidad y necesita mayor seguimiento. Entre los menos graves, podemos encontrar depresión o ansiedad leve».

El problema de no atender «patologías leves a tiempo es que pueden llegar a cronificarse o agravarse», subraya la experta, «además de tener consecuencias a medio o largo plazo en la salud materna, de la diada y de la familia en general». Así le pasó a María: si hubiera tenido un diagnóstico a tiempo, todo habría sido diferente.

No hay que olvidar que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Human Reproductive Program (HRP), llevan tiempo advirtiendo del maltrato que reciben las mujeres y sus recién nacidos durante el parto. De hecho, la ONU ya ha llamado la atención a España por las malas prácticas en cuanto a la atención al parto y nacimiento.

‘El mapa del desierto’ desvela también que las pocas iniciativas que existen están, además, distribuidas de manera muy desigual, con áreas que carecen por completo de programas en la red pública. Además, muchos profesionales señalan obstáculos institucionales que dificultan el funcionamiento efectivo de estos programas. De hecho, los pocos que hay dependen demasiado del esfuerzo individual de los especialistas y se ven afectados por ausencias de personal cualificado.

«A veces son profesionales que han vivido situaciones cercanas y se han dado cuenta de las carencias del sistema o que han experimentado la maternidad en primera persona y se han sensibilizado», comenta Forti. Así, «las trabas administrativas, de gestión, organización, pueden entorpecer enormemente el trabajo. Y cuando esos profesionales dejan sus puestos, el programa desaparece».

El estudio también destaca la poca disponibilidad de especialistas de esta área. Uno de los hallazgos relevantes de las 46 iniciativas, es la disparidad en la disponibilidad de especialistas, con un número considerable de programas que carecen de psiquiatras, aunque en casi el 80% de los casos sí cuentan con al menos un psicólogo.

Mientras que las familias catalanas disponen de una amplia cobertura gracias a los servicios de hospitales como el Germans Trias i Pujol, el más completo, o el Barcelona Parc Sanitari Sant Boi de Llobregat, las de Galicia y Extremadura no cuentan con ningún tipo de atención.

Prácticas que no deberían llevarse a cabo

«Hay que fomentar la formación a los especialistas, pero también incluir la salud mental perinatal en el plan de estudios de los futuros sanitarios, tanto en la residencia (en las profesiones que tienen residencia) como en los estudios básicos», asegura la experta en cuanto a las medidas que deben tomarse para mejorar la situación porque la realidad es que hoy se siguen llevando a cabo ciertas prácticas en los hospitales que deberían haber sido ya eliminadas. 

«El listado puede ser muy largo», lamenta Forti. «Algunos ejemplos pueden ser que en la atención a una mujer con una pérdida gestacional, no se permita el acompañamiento por parte de su pareja o administrar benzodiacepinas a una mujer que está angustiada por la noticia del fallecimiento intrauterino de su bebé, ya que la recomendación actual es evitar en la medida de lo posible administrarlas porque interfieren con la elaboración del duelo».

No cuidar la salud mental perinatal es también «no explorar síntomas de malestar emocional, ansiedad, depresión en las consultas habituales de control del embarazo, minimizar el malestar referido por la mujer atribuyéndolo a cambios hormonales, decir ‘no llores’ ante la comunicación de una mala noticia o separar a madre y bebé sin una indicación médica justificada», continúa la experta, que no cesa en seguir ejemplificando prácticas que siguen produciéndose a día de hoy por parte de muchos profesionales, como «no apoyar la lactancia o indicar la suspensión de una medicación tras el embarazo o la lactancia cuando sí es compatible pero el especialista lo desconoce».

Por último, el estudio desvela cómo la atención a los pacientes varía en formato y alcance: 34 de 46 programas se llevan a cabo en entornos hospitalarios, mientras que 21 se desarrollan en ámbitos ambulatorios especializados, como centros de salud mental o consultas externas. Destacan dos programas que operan en formato ambulatorio intensivo: uno específicamente hospital de día madre-bebé, en Cataluña, y otro, un hospital de día infantil, en Castilla-La Mancha, que atiende niños hasta 36 meses de edad y a sus familias, y en los que se interviene en dificultades vinculares.

Un plan a futuro: el visto bueno del Ministerio de Sanidad

«A menudo nos llegan solicitudes desesperadas de madres o familias que necesitan atención urgente y especializada para problemas como depresión durante el embarazo, psicosis postparto o pérdida gestacional. Es vital que reciban apoyo rápido y, si es necesario, en su hogar, ya que la falta de atención en este momento crítico puede empeorar la situación», señala Ibone Olza, psiquiatra perinatal y directora del IESMP, que también ha participado en la investigación.

Por todo ello, desde el IESMP han elaborado una petición formal para pedir al Ministerio de Sanidad la elaboración de un Plan Nacional de Salud Mental Perinatal que integre enfoques multidisciplinarios, promueva la formación especializada de profesionales de la salud que atienden a la maternidad, garantice el acceso equitativo a servicios de calidad y sensibles al trauma, y aborde de manera prioritaria la violencia de género durante el embarazo y el posparto.

«Nos hemos reunido con Belén González, directora del comisionado de Salud Mental del Ministerio de Sanidad, y su equipo», cuenta Forti, que reconoce que el encuentro fue muy positivo. «Mi percepción es que el equipo del Ministerio reconoce la necesidad de implementar un plan que incluya la atención a la salud mental perinatal a nivel transversal». Ahora, sólo queda que se haga realidad.

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